martes, septiembre 20, 2005

Concertación: La rebelión de los cabecitas negras



Marcelo Pérez Quilaqueo.

Debo confesar que a veces la lectura diaria de la sección política es un tanto "más de lo mismo", reflejo del reclamo que la política no ofrece nada nuevo a los ciudadanos en cuanto a propuestas, ideas y sueños de futuro. Últimamente la tinta sólo se impregnaba en el papel para hablar de complejas fórmulas de elegibles, compensaciones, competencias reguladas, blindajes, omisiones y gestos "altruistas" para hacer más presentable el pasando y pasando. Bueno, es época de negociaciones y negociadores, dije. Ya pasará, concluí. Sin embargo, justo al filo del cierre de las inscripciones, un trío de artículos de un respetable y golpeador matutino se salían del plantillismo electoral dando cuenta del malestar de los infalibles brujos de la Transición, de los ahora nuevos desplazados. Una entrevista a Eugenio Tironi, la columna de Ascanio Cavallo y el artículo de la "lista Negra de Bachelet" son la reacción y las evidencias del proceso que se vive al interior de la Concertación: el relevo en el poder, el cambio de estilo y una incipiente nueva forma de hacer política bajo el arcoiris. Tironi planteaba sus dudas sobre la capacidad de la candidata, lamentaba la falta de fraternidad y afecto a la hora de hacer política y describía una atemorizante partidización de las relaciones entre los socios de la coalición. Cavallo, en la misma senda, insistía en el peligro que la política se dejase de hacer en las casas y oficinas de los amigos, trasladándose a las añosas y rancias oficinas partidarias, tiñéndose de burocracia . La lista negra de Bachelet entregaba las nombres de aquellos ahora desplazados, encabezados por Insulza, Tironi y compañia. Alvear, Martínez y Trivelli. Todos rostros de la incombustible y autocomplaciente elite de la Concertación. Estos hechos son sintomáticos de la evidente pérdida de la Transversalidad para Tironi, quizás entendida como hacer las cosas entre los que pensamos lo mismo, remamos para el mismo lado y miramos con recelo a los partidos y sus añejas estructuras y prácticas, que no reflejan la complejidad de las relaciones de poder del mundo de hoy. Todo este holístico visillo, sin embargo, no impide ver el asomo de las señales de cambio que reflejan la institucionalización de la relaciones políticas y el relevo en el ejercicio del poder, con la irrupción de los antiguos actores de reparto de la Concertación. La institucionalización de las relaciones políticas refleja el grado de madurez en el desarrollo del pacto político que sostiene a la Concertación y al Gobierno. Las cosas se hacen entre los partidos, sus dirigentes y estamentos, disminuyendo - pero sin acabar- con las posiblidades de acuerdos entre notables, el lobby extrainstitucional, el cabildeo de los notables y las opíparas comidas en las casas de un siempre conspicuo anfitrión. Todo se hace más formal, un poco más transparente, devolviendo la importancia a los partidos en la forma de hacer política, revalorando sus instituciones. Lo segundo, la irrupción de nuevos liderazgos y la redistribución del poder, va ligado con la institucionalización de las relaciones políticas. No seremos amigos entre los aliados, pero tenemos claro lo que queremos, los límites a los que llegamos, lo que pactamos y lo que quiere nuestro partido. ¿Cómo explicarnos entonces la sintonía entre Zaldívar y Bachelet, entre Escalona y Mulet?. Sólo en el reconocimiento mutuo de la importancia de los partidos, sus estamentos, la militancia, la vida partidaria. Ahí estriba la clave de este nuevo fenómeno Concertacionista, de esta rebelión de los cabecitas negras, del temor de las elites y de las dudas de los de siempre.

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